El Tour tiene sus historias

¿Qué razones tuvo Bahamontes para tomarse un helado en la cumbre de un puerto del Tour? Nos escribe Gerardo Fuster

Aprovechando que se acaba de iniciar la 98ª edición del Tour de Francia no puedo por menos que exponer en estas páginas que me brinda “My Beautiful Parking” para comentaros una anécdota que tuvo en su tiempo una gran repercusión en el ámbito deportivo y que dio rápidamente la vuelta al mundo a través de los medios informativos. La protagonizó mi buen amigo el ciclista español Federico Martín Bahamontes. Fue mucha la tinta derrochada por los periodistas, ávidos de dar alguna noticia que tuviera ribetes sensacionalistas. Todo tuvo lugar en la ronda gala del año 1954. Era la primera vez que el ciclista toledano se alineaba en el Tour. Se le consideraba todavía algo desconocido, aunque se le tildaba de ser un personaje jovial, todo temperamento y un tanto locuaz con las gentes. Con anterioridad se había distinguido con cierta autoridad dentro de nuestras fronteras. En cualquier escalada a cualquier puerto de alta montaña, se debía contar con el ímpetu desenvuelto de Bahamontes.

Se había distinguido particularmente en la Vuelta a Asturias del año 1953, en dónde mostró sus dotes innatos como escalador que le llevaron a conquistar con soltura el Gran Premio de la Montaña. El vencedor absoluto de aquella prueba fue el malogrado Antonio Gelabert, mallorquín por más señas. Días después, Bahamontes participó en la Volta a Catalunya, confirmando su capacidad física cara a su porvenir. Le faltaba pulir su manera de correr y asentar su espíritu un tanto fogoso, procurando dosificar mejor los esfuerzos para obtener un mejor rendimiento en la carretera.

En el Tour de Francia hizo gala de su gran facilidad al subir y brillar con contundencia en los grandes puertos alpinos y pirenaicos. Espíritu inquieto, siempre agitado, cuando la carretera se enfilaba y se perdía hacia las altas cumbres. Nadie le podía hacer sombra.

Fue en la ascensión al puerto de Romeyère, punto elegido por el ciclista toledano para destacarse notablemente del gran grupo. Coronó la cima en solitario y con una renta varios minutos de ventaja a su favor. Tomó la decisión inesperada de apearse de la bicicleta y sentarse al borde del bordillo de la carretera ante la mirada sorprendida de miles y miles de aficionados que estaban allí presentes contemplando de cerca las vicisitudes del Tour, un magno espectáculo. Todos quedaron estupefactos por la escena que vislumbraron. Efectivamente, había en la misma cumbre, en un punto más bien cercano y localizable, un modesto vendedor de helados con su pequeño y deteriorado carrito. Alguien entre el público se apiadó de Bahamontes, aquel nuevo ídolo que surgía de la nada, ofreciéndole un helado que el toledano aceptó con enorme fervor y encendida gratitud.

Las gentes se preguntaban qué extraño suceso era aquel. De un hombre que había llegado primero en la cima y que reponía sus fuerzas con un simple “cucurucho” de vainilla. Mucha tinta consumió la prensa para comentar lo visto. Cada cual hizo su comentario bajo un enfoque un tanto propio e imaginativo.

Bahamontes, al que nos une de años una sincera y gran amistad, nos confirmó en su tiempo que aquella parada momentánea había sido debido a un accidente o avería que había sufrido durante la ascensión al puerto de referencia. No había sido otra cosa que la rotura de un par de radios pertenecientes a la rueda trasera. Era arriesgado, con la rueda descentrada, afrontar el descenso de aquel puerto en cuestión. Se quedó a esperar el coche de asistencia del equipo español, cuyo director técnico en aquel entonces era el madrileño y bien conocido Julián Berrendero, al que muchos le apodaban “el negro de los ojos azules”. Tardó un buen rato en llegar el coche auxiliar con su mecánico, el tiempo suficiente para tomarse tan suculento y sabroso helado.

Este suceso dio la vuelta al mundo varias veces. Se comentó bajo todos los prismas inimaginables. La verdadera razón o circunstancia de aquella parada obligada había sido la rotura de un par de radios. Se solventó al fin la avería, facilitándole una nueva rueda hasta que la calma de aquel acontecimiento volviera las aguas a su cauce normal.
Jacques Goddet, hombre de prestigio, director del Tour en aquel entonces y al que conocí personalmente, fue el que se le ocurrió la iniciativa de apodar a Bahamontes como la “Águila de Toledo”, un sobrenombre que se hizo muy popular en la esfera del deporte del pedal.

Gerardo Fuster

2 comentarios so far »

  1. 1

    clau said,

    Qué gran artículo.

    ¡Y hoy el Torumalet!

  2. 2

    majo said,

    Me encantan los gorros


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